Hume

Conceptos generales

Algunos rasgos fundamentales del sistema de Hume

El fundamento de la ciencia

El fundamento realmente sólido de todas las ciencias ha de ser la experiencia. Ésta también configura los límites del conocimiento. Ninguna ciencia que se precie de tal debe recurrir a datos que estén, pretendidamente, más allá de los aportados por los sentidos. Si lo hace caerá en especulaciones quiméricas y gratuitas.

Sin embargo, por más sólido que sea este fundamento no puede justificar con total veracidad el conocimiento. La experiencia no nos permite tener un criterio infalible que pueda decidir qué conocimiento es definitivamente verdadero y cuál es definitivamente falso.

¿Existe algún criterio que se pueda extraer de otra fuente; por ejemplo, la razón?

No, no existe. El conocimiento está encerrado en los límites de su propia experiencia y cualquier intento de trascenderlos produce un conjunto de quimeras sin sentido. Por tanto, el conocimiento científico es aproximativo y nunca definitivo. El fundamento realmente sólido de todas las ciencias ha de ser la experiencia. Ésta también configura los límites del conocimiento. Ninguna ciencia que se precie de tal debe recurrir a datos que estén, pretendidamente, más allá de los aportados por los sentidos. Si lo hace caerá en especulaciones quiméricas y gratuitas.

Sin embargo, por más sólido que sea este fundamento no puede justificar con total veracidad el conocimiento. La experiencia no nos permite tener un criterio infalible que pueda decidir qué conocimiento es definitivamente verdadero y cuál es definitivamente falso.

¿Existe algún criterio que se pueda extraer de otra fuente; por ejemplo, la razón?

No, no existe. El conocimiento está encerrado en los límites de su propia experiencia y cualquier intento de trascenderlos produce un conjunto de quimeras sin sentido. Por tanto, el conocimiento científico es aproximativo y nunca definitivo.

La razón.

Para Hume, la naturaleza humana es fundamentalmente sentimiento e instinto. La misma razón que duda, que busca, que investiga, es una especie de instinto. Uno de los papeles principales de la razón es aclarar lo que instintivamente se acepta o cree. Esta aclaración siempre es provisional. La capacidad cognoscitiva de la razón sólo pertenece al dominio de lo probable.

Es verdad que la razón puede conseguir certeza en el ámbito de la demostración lógico-formal, pero sólo lo logra porque este campo abstracto está totalmente alejado de los hechos; no hace nunca referencia a cosas reales.

Dentro del ámbito de la razón germina espontáneamente el instinto de investigación filosófica. El sentido filosófico es una disposición natural. Su misión es crítica; es decir, aunque la propia filosofía sea una especie de instinto racional, se ocupa de desmontar y destruir las creencias fundadas en el instinto.

Las percepciones..

Hume se lanza a la investigación del origen de nuestras ideas. El primer resultado que esta investigación arroja es que todos los contenidos de nuestra mente son, originalmente, “ percepciones ”. Éstas, a su vez, pueden dividirse en “ impresiones ” e “ ideas ”.

“Todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros distintos que yo llamo impresiones e ideas” (Selección de A. Sanromá, Módulo C, pág.118).

El término “percepción” ha jugado un papel importantísimo en el empirismo de Locke y de Hume, pero aún más fundamental en Berkeley quien sostuvo: “Ser es percibir o ser percibido”.

División de las “percepciones” en “simples” y “complejas”.

Otro aspecto muy importante en la concepción de Hume, es que entiende que todas nuestras percepciones pueden dársenos de forma simple o compleja (compuesta).

Las percepciones simples son las que no admiten distinción ni separación y las percepciones complejas son aquellas en las cuales pueden distinguirse partes.

Comprender esto es fundamental porque: si los contenidos generales de nuestra mente son las percepciones que, a su vez se componen en “impresiones” e “ideas”, y las percepciones se nos dan de forma simple o compleja, entonces, tanto las “impresiones” como las “ideas” han de ser, también, simples o complejas.

Impresiones e ideas.

“La diferencia (entre estos dos géneros) consiste en los grados de fuerza y vivacidad con se presentan a nuestro espíritu y se abren camino en nuestro pensamiento y conciencia. A las percepciones que penetran con más fuerza y violencia llamamos impresiones , y comprendemos bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones emociones tal como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de éstas en el pensamiento y razonamiento...” (Sanromá, Módulo C, pág. 118).

a) Las impresiones son, para Hume, todas nuestras percepciones más vivaces como cuando oímos, vemos, palpamos, deseamos o queremos.

En un sentido general, entiende por “impresión” la excitación de los órganos de los sentidos por estímulos exteriores y también las sensaciones producidas por las mismas. Las impresiones pueden quedar fijadas en la memoria de tal modo que luego pueden recordarse.

b) Las ideas son las huellas o los caracteres que quedan en nuestra mente como “tipos” o “imágenes” inscritos por las impresiones. Son los insumos básicos que utiliza nuestro pensamiento y razonamiento.

Debemos tener en cuenta que los empiristas en general han elaborado sus teorías del conocimiento como una especie de doctrina de las ideas en un sentido específico de “doctrina de las representaciones”. Por lo tanto, una idea es una representación mental.

Locke, en su Ensayo indica que la palabra “idea” es la que mejor sirve para referir a la función de “representar” ( stand for ) cualquier cosa que sea el objeto del entendimiento cuando el hombre piensa.

División de las “impresiones” e “ideas”.

“Existe otra división de nuestras percepciones que será conveniente observar y que se extiende a la vez sobre impresiones e ideas. Esta división es en simples y complejas. Percepciones o impresiones e ideas simples son las que no admiten distinción ni separación. Las complejas son lo contrario que éstas y pueden ser divididas en partes. Aunque un color, sabor y olor particular son cualidades unidas todas en la manzana, es fácil percibir que no son lo mismo, sino que son al menos distinguibles las unas de otras.” (Sanromá, Modulo C, pág. 119).

Como ya hemos dicho cuando hablábamos de las percepciones, éstas pueden ser simples o complejas; por tanto, hay impresiones simples y complejas e ideas simples y complejas.

Así, la percepción de una superficie coloreada es una impresión simple , y la idea o la imagen de la misma es una idea simple .

En cambio, la visión de una ciudad desde una colina es una impresión compleja , y la idea o imagen de tal impresión es una idea compleja .

A su vez, las impresiones pueden dividirse en:

a) impresiones de sensación que surgen originariamente en nuestra mente y de las cuales, generalmente, no tenemos ningún recuerdo.

b) impresiones de reflexión que se derivan generalmente de nuestras ideas.

“Las impresiones pueden ser divididas en dos géneros: las de la sensación y las de la reflexión. El primer género surgen en el alma, originariamente por causas desconocidas. El segundo se deriva, en gran medida de nuestras ideas...” (Sanromá, Módulo C, pág. 124).

El orden de derivación parece ser el siguiente: tenemos, en primer lugar una impresión (por ej.: de calor o frío), luego una copia de esta impresión en nuestra mente que permanece aún cuando ya no se presente tal impresión. Se origina, entonces, una idea que retorna nuevamente a la mente produciendo nuevas impresiones. De esta última impresión, que es una impresión de reflexión surge una nueva copia de esta impresión y, por tanto una nueva idea.

Esta distinción es muy importante porque muestra que Hume no sólo entiende por impresiones los elementos de la experiencia externa sino también los de la experiencia interna .

También es importante observar que se establece una cierta jerarquía de las impresiones mediante la distinción de “ origina l” y “ copia ”. Lo originario siempre va a estar del lado de la impresión y la copia del lado de la idea.

Asociación de ideas.

Buena parte de la epistemología de Hume se funda en la doctrina de la asociación o conexión de las ideas.

“Es evidente, a primera vista, que las ideas de la memoria son mucho más vivaces y consistentes que las de la imaginación y que la primera facultad nos presenta sus objetos más exactamente que lo hace la última” (Sanromá, Módulo C, pág, 125).

Hume manifiesta la evidencia de un principio de conexión entre los diferentes pensamientos o ideas de la mente, y que su aparición, tanto en la memoria como en la imaginación, se hace con cierto método y regularidad.

De hecho, hay varias formas de asociación o principios de conexión que conforman un cierto mecanismo asociativo. Las formas predominantes mediante las cuales asociamos ideas son, según Hume, la semejanza , la contigüidad y la relación causa-efecto .

En cuanto a nuestras asociaciones por semejanza y contigüidad, la propuesta de Hume es muy parecida a la de Aristóteles en su tratado Del Alma . Asociamos por semejanza porque somos capaces de establecer analogías y comparaciones entre los análogos; asociamos por contigüidad en el tiempo y en el espacio.

Respecto a nuestras asociaciones por relación causa-efecto, no hablaremos ahora de ellas puesto que el tema presenta una dificultad y especificidad que amerita ser tratado aparte. Lo haremos bajo el rótulo “causalidad”.

Ahora es importante señalar que, como se desprende del pasaje citado, la memoria y la imaginación se presentan como dos formas (naturales para Hume) de asociar ideas. Sin estas formas naturales no tendríamos posibilidad de asociar ni por semejanza, ni por contigüidad ni por causalidad y, por tanto, no podría sostenerse nunca ningún tipo de mecanismo asociativo.

La memoria no sólo conserva las ideas simples sino también su orden y posición.

“La función capital de la memoria no es conservar las ideas simples, sino su orden y posición” (Sanromá, Módulo C, pág. 126).

Cuando uno recuerda ciertos sucesos, no sólo recuerda los sucesos, sino el orden en que se dieron los mismos. En cambio, la imaginación puede combinar las ideas con mucha mayor libertad.

En la memoria hay una conexión inseparable entre las ideas, en la imaginación no.

“Hechos” y “Relaciones”.

Hume hace una distinción fundamental entre lo que llamamos “hechos” ( matters of fact ) y lo que denominamos como “relaciones” ( relations of ideas ). Esta distinción ha tenido una gran influencia filosófica en la tradición empirista y positivista posterior a Hume.

También hay que diferenciar cuando hablamos sobre los hechos y cuando hablamos sobre las relaciones. En el primer caso, al pronunciarnos sobre los hechos, estamos relacionando (asociando) hechos; en el segundo caso, cuando hablamos sobre relaciones estamos relacionando (asociando) relaciones.

Cuando nos pronunciamos sobre los hechos mediante enunciados o proposiciones del tipo “El agua hierve a cien grados” estamos estableciendo relaciones entre los hechos.

Cuando nos pronunciamos sobre relaciones como es el caso de “La suma de 2 y 2 es igual a 4” estamos estableciendo relaciones entre relaciones.

En el primer caso, los enunciados o proposiciones son contingentes puesto que no hay ninguna necesidad de orden formal o condición formal que establezca que los hechos han de ser siempre como son.

En el segundo caso, por el contrario, son necesarias. Por ejemplo, si yo niego una proposición como “La suma de 2 y 2 es igual a 4” o “La suma de los todos los ángulos de un triángulo es igual a dos ángulos rectos”, llego a una contradicción. Su verdad y necesidad deriva del “principio de contradicción” como condición formal. Esto hace que sean necesarias.

Hay otro matiz diferencial que hay que tener en cuenta en esas distinciones. Según Hume, las proposiciones sobre los hechos dicen algo , pero son sólo probables. En cambio, las proposiciones sobre relaciones son absolutamente ciertas pero no dicen nada “sobre lo que hay” (son tautológicas).

Para Hume, estas dos maneras de hablar son totalmente heterogéneas y no puede pasarse de una a la otra. Las proposiciones verdaderas sobre los hechos están fundadas en la experiencia que es contingente. Las proposiciones verdaderas sobre relaciones están enmarcadas en el principio de no contradicción que es uno de los principio más básicos de nuestra lógica y que es universalmente válido.

Causalidad.

Ahora vamos a establecer una convergencia entre los ítems (7) y (8) y a exponer con mayor extensión el concepto de “causalidad” en Hume.

Como dijimos en (8), relacionar es una forma de asociar.

En (7) habíamos establecido que una de las tres maneras en que asociamos ideas es mediante la relación causa-efecto (causalidad). Obviamente, cuando asociamos causalmente, lo que asociamos son hechos, es decir, cosas que se muestran a nuestra experiencia.

Hume, en su Tratado , comienza preguntándose de qué impresión o impresiones deriva la idea de causa. (Recuérdese que las ideas han de derivar de las impresiones).

La idea de causación, al hablar sobre hechos, tendría que derivarse de una impresión que relaciona hechos. Por tanto, hay que tratar de descubrir cuál es esa relación.

Podría ser una relación de contigüidad. Si es así, hay una contigüidad inmediata o mediatizada por una cadena causal.

También podría ser una relación de temporalidad. En este caso, la causa debe ser anterior al efecto.

Estas dos alternativas, sin embargo, no nos proporcionan una explicación cabal de la idea de causa. Un objeto o hecho puede ser continuo o anterior a otro, sin que por ello deba ser considerado causa de algo.

Tal vez, dice Hume, nos quede otra alternativa: considerar que tiene que haber una conexión necesaria entre la causa y el efecto. En tal caso aseguraríamos que todo lo que comienza a existir debe tener una causa de su existencia. Pero, el problema de esta tercera opción es que el postulado no es intuitivamente demostrable, no tenemos ninguna intuición sensible que nos indique lo afirmado. Peor aún, tampoco puede ser demostrada lógicamente, puesto que esta relación, al darse en el mundo de los hechos, no puede ser formalizada en abstracto. Si fuese así, falsearía a los hechos y en vez de hablar de los hechos estaría hablando de relaciones lógicas.

Si no tenemos ninguna intuición sensible al respecto, y tampoco podemos acudir a la lógica ¿será cuestión, entonces, de intuición intelectual al estilo Descartes?

Pongámos por ejemplo que yo sé que donde hay fuego también hay calor. ¿Puedo dar cuenta, ahora con mi intuición intelectual, de una relación causal entre la existencia de la llama y la sensación de calor?

La respuesta de Hume a un planteo como éste será negativa. La inferencia causal no es el producto de un conocimiento intuitivo de la esencia de la llama y su relación inmediata con el efecto calórico, puesto que el efecto no está contenido necesariamente en la causa, como afirman los racionalistas. Si yo no hubiese tenido en algún momento una experiencia separada de “calor”, jamás podría inferir de la presencia de una llama, que ésta quema o produce calor. Tal vez diría que ilumina o que es amarilla u otra cosa.

Entonces, cuando yo digo que sé que donde hay fuego hay calor es porque sé asociar dos experiencias distintas: la presencia de la llama y la sensación de calor.

La respuesta de Hume a todas estas interrogantes es que las conexiones causales son inferencias probables, fundadas en la asociación de ideas que, a su vez, fueron producto de hechos, tal como han tenido lugar en el pasado. Esto nos permite predecir con cierta certeza el futuro; pero esta certeza , al estar enmarcada en la contingencia de los hechos, es sólo probabilidad .

La conexión causal es, pues, una inferencia fundada en la repetición. Esto significa que experimentamos con frecuencia la conjunción de dos hechos u objetos, por ejemplo, la llama y la sensación de calor, y recordamos que esos objetos han aparecido en un orden regular recurrente de contigüidad y sucesión.

Estas asociaciones generan una costumbre o “ hábito

La suposición de que el presente se parece al pasado no se funda en argumentos racionales de ningún tipo, sino que se deriva del hábito. Es así que observamos la sucesión de fenómenos: a la noche le sigue el día, al día la noche, etc. En vista de que la regularidad es observada, concluimos que ciertos fenómenos son causas y otros son efectos. Sin embargo, sólo podemos afirmar que un acontecimiento sigue a otro. No podemos comprender que haya alguna fuerza o poder por el cual opera la llamada causa, como tampoco podemos comprender ninguna relación necesaria entre causa y efecto.

Recapitulando, la conexión causal es, pues, una inferencia fundada en la repetición; ésta genera el “ hábito ”. Pero, luego Hume introduce algo más y muy importante: el hábito genera la “ creencia ”.

Las conclusiones que Hume extrae de esta perspectiva son: a) la ciencia de las cosas naturales se basa en una serie de creencias. b) La Ciencia Natural se funda en la observación, en la experiencia, en la habituación de la convergencia de ciertos fenómenos, en una serie de creencias sobre esos fenómenos convergentes; por lo tanto, el conocimiento de la Naturaleza es asunto de “ probabilidad ”.

Las consecuencias epistemológicas de este planteo las veremos brevemente en la exposición general del modelo filosófico de Hume.

Crítica a la noción de “substancia”.

Bajo el título “Empirismo” se ha señalado el interés de esta corriente de pensamiento en proponer modelos que permitan la descomposición de la experiencia en unidades simples o atómicas como son los datos sensoriales y las impresiones.

Es en este marco teórico que Hume establece su crítica a la noción de substancia.

De acuerdo a lo anterior se puede preguntar: ¿de qué impresión se deriva la noción de substancia?

Analizando la experiencia, observa Hume, la idea de substancia no se deriva de ninguna impresión de sensación o de reflexión, puesto que no se encuentra en la experiencia ninguna sensación de “substancia”.

La noción, entonces, ha de ser una colección de ideas simples unidas por la imaginación.

Siendo así, el planteo se encuentra dentro del tono en que Newton también lo expone en (V) y concluye que no hay ninguna realidad que se llame substancia.

Para Hume, la “substancia” es sólo un nombre (atiéndase otra vez a su nominalismo) que se refiere a una colección o grupo de cualidades observables en los hechos u objetos. A este grupo o haz ( bundle ) de cualidades al que se le adjudica el nombre de “substancia”, tampoco se le puede agregar una cosa más como “su substancia”, es decir, enunciar algo así como “‘substancia' es el nombre de un grupo de cualidades + su substancia”.

Esta perspectiva también puede tomarse con la noción del Yo ( self ) . Cuando entro en lo que llamo “Yo” me encuentro con alguna percepción particular o con alguna otra. Esto no significa que pueda hablar de un “Yo” como de un “yo mismo” substancial sino de una serie de percepciones internas [véase (6)] unidas asociativamente.

Presentación general del modelo

En su Introducción al Tratado sobre la Naturaleza Humana , Hume señala que todas las ciencias guardan alguna relación con la naturaleza humana. De modo que para llevar a cabo buenas investigaciones filosóficas, en vez de dirigirse a la conquista de algún castillo o pueblecito es mejor avanzar hasta la capital misma y extender desde ella nuestras conquistas.

¿Cuál es esta capital? “La ciencia del hombre” puesto que ella es el fundamento de todas las demás ciencias.

La “capital” tiene, además, su “centro”. Donde nos tenemos que centrar es en la investigación del entendimiento humano para averiguar qué capacidades y poderes tiene.

Tal ciencia debe basarse en la experiencia y en la observación y no en especulaciones racionales que puedan resultar gratuitas.

Su tesis es que debemos aplicar el método experimental que con tanto éxito se ha aplicado al campo de las ciencias naturales, a la ciencia del hombre.

En el campo humano no podemos, desde luego, experimentar al modo que lo hace la química o la física. Hemos de contentarnos con los datos tal como se nos presentan a la observación de la vida y la conducta humana, pero también a aquellos que se nos presentan a través de la introspección [véase Descartes D (8)]. Pero en todo caso hemos de partir de los datos empíricos y no de una pretendida intuición de la esencia o substancia de la mente humana.

El método ha de ser inductivo más bien que deductivo [véase Newton (IV) Regla cuarta].

Así pues, la intención de Hume es extender los métodos de la ciencia newtoniana [véase Newton I (a)], tanto como le sea posible, a la misma naturaleza humana.

De todas maneras señala que la ciencia de la naturaleza humana es diferente a la ciencia física en cuanto que emplea la introspección. En este último aspecto concuerda con Descartes.

Esta forma de centrar la investigación también va a centrar a la “verdadera metafísica” y desplazará a la metafísica especulativa que es una metafísica falsa y adulterada.

En el estudio propuesto se hace fundamental investigar sobre el origen de nuestras ideas. Para ello hay que escrutar, vía introspectiva, todos los contenidos de nuestra mente o espíritu ( mind ).

Los primeros resultados de la investigación arrojan que los contenidos generales de nuestra mente son las percepciones. Éstas pueden dividirse en “impresiones” e “ideas”.

Las impresiones son los datos inmediatos de la experiencia. Las ideas son copias o imágenes atenuadas de las impresiones en el pensamiento y en la razón.

Por ejemplo, si miro mi habitación, recibo una impresión de ella. Cuando cierro los ojos y pienso en mi habitación, las ideas que formo son representaciones de las impresiones que he sentido.

Hume describe la diferencia entre impresiones e ideas en términos de intensidad. La diferencia consiste en los grados de fuerza y viveza con que inciden sobre nuestra mente y se abren paso en nuestro pensamiento y conciencia.

Podemos llamar impresiones a aquellas percepciones que penetran con mayor fuerza o violencia (sensaciones, pasiones, emociones). Por ideas ha de entenderse las imágenes débiles de las mismas al pensar y razonar.

Hume matiza luego esta fórmula añadiendo que en el sueño , en los estados de locura o febriles, nuestras ideas pueden acercarse a nuestras impresiones; así como a la inversa, nuestras impresiones pueden resultar tan débiles que no podemos distinguirlas de nuestras ideas.

“Así, en el sueño, en una fiebre, la locura o en algunas emociones violentas del alma nuestras ideas puede aproximarse a nuestras impresiones del mismo modo que, por otra parte sucede a veces que nuestras impresiones son tan débiles y tan ligeras que no podemos distinguirlas de nuestras ideas” (Sanromá, Módulo C, pág. 119).

De todas maneras, la distinción es válida en sus términos generales.

Luego Hume establece una distinción entre las percepciones, señalando que unas son simples y otras son complejas. Como las percepciones son nuestros contenidos mentales más generales, y como esta distinción se hace en este nivel, es obvio que, tal distinción, también se extenderá a las impresiones e ideas. De allí es que tendremos una nueva división entre impresiones simples y complejas e ideas simples y complejas.

Hume entiende que las ideas simples se derivan de las impresiones simples y las representan exactamente. Un ejemplo es la percepción de un manchón rojo que da lugar a una impresión simple y por lo tanto a una idea simple. El manchón rojo no es susceptible de ser descompuesto en unidades discretas. Él mismo es una unidad. En el caso de las ideas complejas, en cambio, éstas no se derivan necesariamente de una impresión compleja. Por ejemplo, la idea de “minotauro” o “sirena” que son ideas complejas puesto que se pueden descomponer en partes, no se derivan necesariamente de la impresión de una sirena o de un minotauro. En realidad se trata de la unión de ideas simples realizadas por la imaginación.

También tenemos la posibilidad de descomponer lo que la imaginación compuso. Pongamos por ejemplo que imaginamos una ciudad que no existe. Sus pavimentos son de oro, sus paredes de rubí, etc. En este momento nuestra idea compleja no corresponde a una impresión compleja. Pero tenemos la posibilidad de descomponer esta idea de ciudad en ideas simples y, entonces, preguntarnos si a cada idea simple corresponde una impresión simple. También, viceversa, si a cada impresión simple corresponde una idea simple. Este proceso de descomposición o análisis permite asegurarnos si los elementos que han sido compuestos por la imaginación son congruentes con alguna supuesta impresión compleja.

Pero hay otros casos en que existe correspondencia entre una impresión compleja y una idea compleja. Si subo a Montmartre y veo desde allí la ciudad de París, al recordar esta impresión compleja tengo una idea compleja que se adecua a la impresión recibida. Esta idea puede ser analizada en partes que se muestren congruentes con lo reservado en la memoria. De todas maneras, no por ello reproducen en toda su amplitud lo que la ciudad es, sus calles, sus parques, sus edificios, etc., puesto que están en el nivel de la “representación compleja” y no al nivel de la “huella-representación-copia” (idea simple) correspondiente a una impresión simple.

“Por consiguiente, veo que aunque existe en general una gran semejanza entre nuestras impresiones e ideas complejas, no es universalmente cierta la regla de que son copias exactas las unas de las otras. Debemos ahora considerar que sucede con nuestras percepciones simples...me aventuro a afirmar que la regla es válida aquí sin excepción alguna y que toda idea simple posee una impresión simple que se le asemeja y toda impresión simple, una idea correspondiente” (Sanromá, Módulo C, Pág. 120).

Otro aspecto que hay que tener en cuenta en el modelo de Hume es que siempre las impresiones preceden a las ideas. Para proporcionar a un niño la idea de rojo o de naranja, de dulce o amargo, se le han de presentar los objetos adecuados y no proceder de forma tan absurda como intentar producir estas impresiones excitando sus ideas.

Sin embargo Hume menciona una excepción a la regla general de que las ideas derivan de las impresiones correspondientes. Supongamos un hombre que está familiarizado con todos los tonos de azul, excepto uno. Si le presentamos una serie gradual de azules, que vayan del más oscuro al más claro, y si el tono de azul en cuestión que nunca se ha visto está ausente, notará una laguna en la serie continua. Es posible para él suplir esta diferencia mediante el uso de la imaginación.

“Supongamos, por consiguiente, que una persona... haya llegado a conocer los colores de todas las clases, excepto un matiz de azul particular, por ejemplo, que no ha tenido la suerte de encontrar. Colóquesele todos los diferentes matices de este color, excepto este único, ante él, descendiendo gradualmente del más oscuro al más claro; en este caso, es manifiesto que percibirá un hueco donde falta este matiz y se dará cuenta de que existe en este lugar una distancia mayor entre los colores contiguos que en algún otro. Me pregunto ahora si es posible para él suplir por su propia imaginación esta falta y producir la idea de este particular matiz, aunque no se le haya sido nunca proporcionado por los sentidos” (Sanromá, Módulo C, pág. 123) .

El hueco, la falta , se capta gracias a que hay un conocimiento previo que establece un orden, un gradiente que hace patente el hiato que se origina en el orden como sucesión. Esta falta puede ser “rellenada” por la imaginación. Este caso nos muestra la posibilidad de formar ideas de ideas.

En el caso del ejemplo podemos formar una idea secundaria que sea una imagen de una idea primaria. Sólo la primaria será copia de la sensación correspondiente.

“Las ideas producen imágenes de sí en ideas; pero como se supone que las primeras ideas se derivan de impresiones, sigue siendo cierto que todas nuestras ideas simples proceden mediata o inmediatamente de sus impresiones correspondientes” (Sanromá, Módulo C, pág. 124).

Retomando ahora el análisis de las impresiones, éstas pueden dividirse, como ya se estableció en [C (6)], en impresiones de sensación e impresiones de reflexión.

La primera clase de impresiones surgen en la conciencia aunque no sabemos exactamente cómo.

La segunda clase, las impresiones de reflexión, se derivan en gran medida de las ideas.

Supóngase que se tiene una sensación de frío acompañada de dolor. Una copia de esta impresión permanece en la mente una vez que la impresión ha cesado. Esta copia es la idea. Pero esta idea, a su vez, por ejemplo al ser recordada, puede producir nuevas impresiones (de aversión, etc.) que constituyan impresiones de la reflexión. Éstas a su vez pueden ser copiadas por la memoria, tomadas por la imaginación, nuevamente convertirse en ideas y así sucesivamente.

Como ya se ha dicho [véase C (7), (8) y (9)], las ideas pueden asociarse y presentarse con orden y regularidad. Se ha señalado que Hume reconoce tres únicos principios de asociación: la semejanza, la contigüidad y la causalidad.

Analicemos un tanto más detenidamente la relación de semejanza de acuerdo a lo que se ha sostenido en [C (8)]. Ésta relación, cuando asocia ideas simples y no cosas reales, va a poseer el grado de máxima certeza. Sobre ella se fundan la geometría, el álgebra y la aritmética que no aspiran a ninguna realidad efectiva sino que circunscriben al ámbito de las ideas. Las proposiciones generales o leyes generales de estas ciencias se pueden descubrir mediante la pura operación del pensamiento. No hablan de hechos. No versan sobre una cuestión de hechos sino que se mantienen en un ámbito relacional entre ideas o entre relaciones de relaciones de ideas. El criterio epistemológico con el cual se manejan es un criterio fundamentalmente lógico: Principio de Contradicción.

Las verdades que producen estas ciencias matemáticas no tienen contenido empírico sino contenido formal. Son un conjunto de enunciados tautológicos.

[En este punto quiero hacer una aclaración: en realidad, la palabra “tautología” para designar verdades lógicas tiene una aparición sistemática muy posterior a Hume. La utilizo en este contexto porque, al ser hoy de uso corriente en lógica puede favorecer a la intelección de lo que se quiere explicitar. Un término más adecuado para presentar a este tipo de enunciados sería el de “enunciados analíticos” en el sentido que Kant les va a dar posteriormente a Hume, es decir, aquellos enunciados que mantienen una relación de identidad entre el predicado y el sujeto y en los cuales, lo que dice el predicado ya está contenido de algún modo en el sujeto. Pero también el uso de “analítico” nos obliga a otra aclaración. Para Kant todas las matemáticas no son ciencias “analíticas” sino “sintéticas a priori”. Kant discrepa profundamente con la concepción humeana de las matemáticas.]

La certeza de los enunciados que se refieren a hechos no está fundada en la asociación de ideas por semejanza ni, por tanto, en el principio de contradicción. De acuerdo a un hecho, el hecho contrario es posible. Yo puedo sostener “El sol saldrá mañana” como también puedo afirmar “El sol no saldrá mañana” sin que se produzca una contradicción lógica. Como se ha dicho, los enunciados o proposiciones que se refieren a hechos se asocian por la relación causa-efecto.

Este análisis de las relaciones existentes entre impresiones e ideas así como de su mecanismo asociativo, no tiene solamente un valor puramente académico. Su importancia se manifiesta en el modo en que lo aplica Hume.

La aplicación del modelo va a tener, al menos, dos consecuencias epistemológicas fundamentales:

1) La primera que queremos destacar es que establece una crítica que ataca la raíz de la producción de conceptos en los modelos racionalistas dentro de las Ciencias Naturales. En tales modelos se pueden proponer términos teóricos (sustancia, esencia, etc.) que no tengan un asidero ni directo ni indirecto con la experiencia. De allí se generan modelos puramente especulativo-racionales que falsean la labor de la filosofía y la ponen a la altura de una teología racional sin fundamento científico.

2) La segunda consecuencia implica directamente a las teorías científicas. En tales teorías se proponen un conjunto de enunciados generales a los que se les llama “leyes”. Tales leyes generales pretenden tener el status epistemológico de “universalidad” y “necesidad”. En los modelos científicos, sobre todo racionalistas, se toma a tales leyes como “leyes de la naturaleza” presuponiendo que tales leyes reflejan el orden del mundo natural. Presuponen también que son permanentes en su verdad y que, no sólo describen y explican el comportamiento de la naturaleza sino, además, predicen el comportamiento futuro con exactitud. Todos estos presupuestos caen cuando Hume aplica con rigor su modelo y establece su crítica a la noción de causalidad.

Respecto de (1), los filósofos pueden usar un conjunto de términos vacíos que no tengan el menor contenido significativo aunque, tales términos, pretendan tenerlos. Lo único que ha de dar contenido significativo (contenido semántico) a un término es su contacto con la experiencia. Por consiguiente, cuando nos asalte alguna sospecha de que un término filosófico se emplea sin ningún significado y se propone como una supuesta “idea”, sólo necesitamos preguntar de qué impresión deriva esta supuesta idea.

Esta consecuencia muy interesante del modelo, aunque también muy discutible y discutida en nuestra filosofía contemporánea (un ej., en el neopositivismo), hace depender el contenido semántico de un término de su referente sensible ( sense data ). El término tiene significado si tiene referencia susceptible de ser escrutada por los sentidos.

En cuanto a (2), y de acuerdo a su concepción de “causalidad” [véase C (9)], las leyes de la ciencia natural son sólo aproximativas, probables. Nunca universales y necesarias. Esta manera de ver las cosas pone en tela de juicio las leyes de la ciencia natural creando una problemática epistemológica que introduce un fuerte escepticismo respecto del conocimiento científico. Kant, posteriormente, hará un enorme esfuerzo para resolver la encrucijada humeana.

Recapitulando

Intentemos recapitular los rasgos generales de lo que se ha expuesto.

En primer lugar es dable insistir en la diferente concepción de “sujeto” que propone Hume frente a los racionalistas. Para Hume el sujeto es un “sujeto experiencial” en oposición a un “sujeto epistemológico” como el propuesto por Descartes.

Sin embargo, a pesar de las grandes diferencias vemos que Hume mantiene, aunque con distinto tratamiento, toda una familia de conceptos que fueron introducidos por Descartes: conciencia, razón, método analítico, inteligencia. Éstos ya son parte del paisaje intelectual de la época y no podrán ser sustraídos de las futuras discusiones.

Hume reposiciona al sujeto pero no le quita atributos cognoscitivos. El sujeto de Hume es un sujeto inteligente que busca a través de la experiencia concreta enfrentarse con lo real. Además es un sujeto que confía en la independencia y autonomía de su razón para avizorar, a través de su propia experiencia, su relación con el mundo.

La base de la teoría epistémico-genética de Hume es la “percepción” entendida como el proceso que hace conciente las sensaciones. Además, las percepciones dan contenido a nuestra mente. La mente, antes de tener alguna articulación con la experiencia no es más que un continente vacío ( tabula rasa ).

Su ciencia es una ciencia de lo fáctico, de lo que se haya presente, de la cotidianeidad de la experiencia. Entre el mundo fáctico y el sujeto inteligente, el propio sujeto va a tener que interponer su cuerpo sobre el cual se establecerán toda una serie de mediatizaciones que tendrán su correlato intelectual.

Si para Descartes las ideas eran el punto de partida, para Hume serán el punto de llegada de las relaciones complejas establecidas entre el cuerpo y su entorno.

Las ideas son asociadas. Su visión de esta asociación es mecanicista. De todas maneras en este mecanismo asociativo se juega toda una psicología de la conciencia que queda involucrada en aspectos racionales, pasionales, hábitos o costumbres, cuestiones de fuerza e intensidad variable y cuestiones de creencia.

En definitiva, nos ofrece un modelo de aprendizaje que se abre camino desde la experiencia y culmina en la asociación de imágenes susceptibles de una integración plástica.