¿Es posible abordar la salud mental sin encasillar el sufrimiento humano en diagnósticos rígidos ni aislarlo de sus determinaciones sociales, culturales y políticas? Frente a la fragmentación que caracteriza al paradigma biomédico tradicional, la perspectiva de la complejidad irrumpe para interpelar certezas, asumir la incertidumbre y promover un modelo integrador, donde el diálogo interdisciplinario y los saberes comunitarios resultan indispensables.
Con esta premisa, el Instituto de Psicología de la Salud de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar) organizó el conversatorio inaugural del segundo semestre el jueves 27 de agosto de 2026, en el Aula Magna Juan Carlos Carrasco. La actividad contó con la moderación de la profesora Carolina Farías y reunió como expositoras a las también profesoras Alejandra López, del Programa de Género, Sexualidad y Salud Reproductiva; Karen Moreira, del Programa de Desarrollo Psicológico y Psicología Evolutiva; y Zulema Suárez, del Programa de Concepciones, Determinantes y Políticas en Salud.
Superar la fragmentación para comprender la salud mentaldad
Alejandra López sostuvo que la noción de salud mental supuso una segmentación de la salud general en categorías y explicó que este recorte entró en conflicto con la mirada integradora de los paradigmas complejos. Sin embargo, la ponente destacó el giro conceptual que había distanciado al campo del modelo biomédico tradicional, individual y psicopatologizador.
La expositora recurrió a Edgar Morin para reevaluar los modos de conocer la realidad. Asimismo, citó a Gregorio Baremblitt para argumentar que un campo de análisis denso exige una intervención más rigurosa. López defendió el pensamiento conjuntivo frente al disyuntivo. De este modo, reubicó el problema en un marco de determinaciones sociales interconectadas y de intervenciones multinivel.
La docente enfatizó la importancia de asumir la incertidumbre en las prácticas profesionales y en la vida cotidiana. Promovió el desarrollo de disciplinas con fronteras porosas para propiciar diálogos con saberes comunitarios y no académicos. Según la profesora, este enfoque evita las cegueras del conocimiento e interpela las políticas públicas para promover una articulación verdaderamente intersectorial.
Distintas culturas, distintas formas de desarrollarse
En su intervención, Karen Moreira abordó el desarrollo humano desde una perspectiva sistémica. La docente cuestionó oposiciones tradicionales como naturaleza frente a cultura o biología frente a sociedad. Para ilustrar el principio de equifinalidad, expuso el caso del pueblo Digo, una comunidad que logró el control de esfínteres a los seis meses mediante la corregulación, lo cual demostró que la cultura moldea los calendarios del desarrollo.
Como segundo ejemplo, la expositora analizó la autorregulación emocional. Señaló que este mecanismo universal respondía a metas distintas según el modelo cultural de agencia. En un estudio comparativo, los niños indios mostraron mayor contención ante la frustración para preservar la armonía social. En cambio, los niños alemanes expresaron enojo en coherencia con un modelo de autonomía e independencia.
En su tercer ejemplo, Moreira presentó un estudio psiquiátrico en Estocolmo, Suecia. La aplicación de entrevistas de formulación cultural a pacientes migrantes modificó más del cincuenta por ciento de los diagnósticos iniciales. La ponente concluyó que los instrumentos clínicos siempre interpretan relatos culturales. Por ende, los criterios de salud o patología dependieron directamente del contexto social y del momento histórico.
Del modelo tutelar a un enfoque integral
Por su parte, Zulema Suárez criticó el paradigma de la simplificación, que fragmentó la mente, el cuerpo y el contexto social. Para superar este sesgo, incorporó la propuesta de Martín de Lellis sobre lo mental en la salud, donde sostiene que la dimensión subjetiva atraviesa de forma integral cualquier proceso de atención sanitaria y no pertenece únicamente a dispositivos especializados.
La docente aplicó el principio dialógico de Morin para trascender la oposición rígida entre salud y enfermedad. Asimismo, utilizó el principio recursivo para ilustrar cómo los entornos comunitarios retroalimentan el sufrimiento psíquico. Mediante el principio hologramático, Suárez demostró que una consulta individual reflejaba determinaciones políticas, familiares e institucionales. Por ello, propuso intervenir sobre las condiciones colectivas que generan exclusión.
Finalmente, Suárez promovió la transición desde un modelo tutelar hacia un enfoque integral basado en derechos, capacidades y apoyo social. Además, afirmó que la interdisciplina y el trabajo en red constituyen consecuencias epistemológicas indispensables ante la complejidad sanitaria. La expositora concluyó que el pensamiento complejo desafía a la psicología a sostener la incertidumbre y fortalecer la autonomía de los sujetos.